Meses después de su exitoso paso por Cannes, La bola negra, la nueva película de “Los Javis” (J. Ambrossi y J. Calvo), llega a las salas de cine. En el festival del sur de Francia, no solo ganaron el premio a la mejor dirección -ex aequo con el gran Pawel Pawlikowski-, sino que -y quizá más importante- también vendieron la distribución internacional de su film a la todopoderosa Netflix. Desde ese momento, ha empezado una campaña de promoción masiva que ha colocado a La bola negra en lo más alto de la quiniela para los Oscar y a sus directores en el foco del panorama cinéfilo internacional.
Todo esto está muy bien, pero los premios rara vez tienen que ver con la calidad de la película; por lo menos, no necesariamente. ¿Es entonces La bola negra la película del año?
Como a todas las preguntas importantes (y esta lo es), la respuesta es “depende”. Hablando este crítico desde su prisma subjetivo, la película no es la mejor película del año por distintos motivos en los que en breve ahondaremos, pero sí que es un esfuerzo destacable y, sobre todo, resulta fácil entender el gancho que parece tener tanto con crítica como con público.

La película narra tres historias cruzadas a través del tiempo en tres épocas de la Historia de España -1932, 1937 y 2017-. Los protagonistas de dichas historias, tres hombres homosexuales que evidencian la evolución del estigma de su condición sexual y la propagación de un trauma generacional que sigue existiendo en nuestro país, en particular, y en el mundo, en general. La película se vertebra a través de dos ejes que podrían ser fácilmente banalizados, la homosexualidad y la Guerra Civil. Los Javis se deslizan por la línea entre lo estético y lo romántico y en líneas generales se salen con la suya. Es cierto que su apuesta por el estilo eleva demasiado la belleza de sus imágenes, pero un sólido guion logra nunca recrearse en la miseria de los personajes.
La película, por supuesto, no es perfecta. El estilo visual de los directores dialoga de forma demasiado frontal con el lenguaje del videoclip y la publicidad. Hay tramos largos en los que el espectador siente estar viendo un tráiler muy largo o un corto que acompaña al videoclip de alguna superestrella. Insisto en que no llegan a jugar con lo abyecto, pero siempre parece haber una distancia entre audiencia y acontecimientos gracias a la forma. Es decir, en ningún momento se corre el peligro de disgustar, a pesar de mostrar los horrores de la Guerra de forma explícita porque el envoltorio es demasiado bonito. El guion sí que resulta cómodo y logra unir de forma muy orgánica las tres (a ratos cuatro) capas narrativas. El único pero puede ser el papel de Glenn Close, que parece insertado desde otro universo y no termina de entender el tono fílmico.

Es cierto que no es una película que pretenda decir nada revolucionario y su fondo no es particularmente radical, pero hay que entender La bola negra como una película para el gran público que no tiene miedo a ser poética y dramática, compleja y madura. No tiene una gran fuerza autoral y por eso no llega a colarse en el panteón de las grandes películas del año. Sin embargo, eleva el nivel dialéctico de una audiencia que asistirá a las salas de forma masiva. Eso es siempre una buena noticia.
La bola negra es un éxito global si la entendemos como un punto de inflexión en una industria española que pretende internacionalizarse y al que no le da miedo usar sus iconos para construir una propuesta estética y emocionante. Habrá quien crea que después de décadas de cine sobre la Guerra Civil, lo que va a llegar a ojos del público global va a ser una propuesta hasta cierto punto lúdica como la de los Javis, pero hay que darle el valor que merece a esta mezcla de entretenimiento, cultura, cine y panfleto.

