Cuando uno se dedica -bien profesionalmente, o bien por amor al arte- a la crítica y prescripción cinematográfica y televisiva, debe ver decenas de estrenos que, inevitablemente, quedaran en el olvido. Un servidor, por ejemplo, se ha aventurado con una decena de series que se han estrenado este 2026 y otras tantas temporadas nuevas de series que se prolongan desde hace años. Hasta ahora, ninguna de estas series había conseguido impactarme de verdad; cómo solo lo hacen las grandes obras. Pero ha valido la pena insistir con series mediocres y olvidables por haber entrado en el universo de El señor de las moscas, para mi gusto la primera obra maestra seriéfila del año.

La miniserie de cuatro episodios adapta la novela de William Golding, habitual lectura de instituto y obra capital de la literatura juvenil del siglo XX. Básicamente narra las dinámicas de poder que se establecen en una isla habitada únicamente por un grupo de niños supervivientes de una tragedia aérea. La adaptación corre a cargo de Jack Thorne (Adolescencia) y tiene mucho sentido, pues aborda temas como la masculinidad y la vulnerabilidad de los jóvenes. El éxito de Thorne es demostrar la vigencia del texto de Golding; sin necesidad de transportar a los personajes al siglo XXI, la serie logra reflejar los problemas de la masculinidad adolescente que están presentes en nuestros institutos.

Al fin y al cabo, El señor de las moscas es una historia sobre el poder y sobre la infancia. La serie tiene clarísimo que estos son los dos focos y los trabaja con muchísima dedicación. Todas las decisiones que toman los personajes resultan coherentes, pero nunca se cae en lugares comunes. Son decisiones que sólo se entienden tomadas por chavales de once años en una isla desierta. Aún así, aún hablando de dinámicas infantiles, no se pierde la lectura política del texto de Golding y se lanza un mensaje sobre el populismo que resuena con la situación política actual.

Todos estos aciertos son mérito del guion, pero no funcionarían sin uno de los elencos infantiles más espectaculares que este humilde crítico haya visto nunca. No solo resulta impresionante la soltura con la que niños -algunos realmente pequeños- sueltan sus diálogos, sino que hay un trabajo físico despampanante en la transformación animal de los personajes y muchísima verdad en las miradas y los silencios. Un reparto absolutamente desconocido sin anclaje en un adulto profesional, sólo ellos y la isla. A Lox Pratt (que interpreta a Jack) lo veremos esta navidad como Draco Malfoy en la serie de Harry Potter que prepara HBO.

Con esto ya tendríamos los ingredientes para una gran serie. Sin embargo, la dirección a cargo de Marc Munden (Utopia) es de otro mundo. No solo es profundamente funcional, sino que experimenta con las formas cinematográficas constantemente. Munden se saca de la manga recursos formales arrebatadores en el trato del color, de la luz, del sonido y hasta en el uso de las lentes. El primer plano de la serie, que encuadra a Piggy (David McKenna) recobrando el conocimiento tras el accidente, despliega un dominio del ojo de pez que deforma el espacio y transmite el desconcierto del personaje con un dominio del enfoque y el movimiento de cámara que quita el aliento nada más empezar el visionado. El segundo episodio, el que protagoniza Jack, es un despliegue de recursos, ideas y trucos visuales sacados de la chistera que concluye con una cacería grupal que da tanto miedo como placer plástico.

En un panorama audiovisual en que se estrenan decenas de series cada mes, es fácil que un estreno como El señor de las moscas pase desapercibido. Cualquier espectador estará más atento a la nueva temporada de Euforia o al estreno de Spider-noir. No perdáis la oportunidad de acercaros a esta serie que, a pesar de su duración limitada en metraje, se queda en la mente del espectador durante semanas.

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