Mejor tarde que nunca. Os traigo la segunda parte de la crónica del festival de cine indie norteamericano de Barcelona. Si en la primera parte hablé de cuatro películas que giraban entorno a la identidad alrededor de la creación artística, hoy es el turno de cuatro obras que hablan de la identidad sexual y la masculinidad en nuestros días.
La primera película que vi de la programación del Americana fue Entre los templos, de Nathan Silver. El film nos presenta un personaje (Jason Schwartzman) completamente perdido y destrozado por su situación vital. Desde que enviudó, ha perdido su voz y no puede realizar su trabajo de cantor de sinagoga. Todo cambia cuando se ofrece a darle clases a su antigua profesora de música (Carol Kane) para preparar su «bat mitzvá». Schwartzman ofrece la mejor interpretación de todo el festival y una de las mejores de su carrera como un hombre que no encuentra ningún sentido a su vida. El proceso de sanación facilitado por el personaje de la brillante Carol Kane es la clave de la película que desemboca en una delirante cena; aunando la sensibilidad y la comedia de la cinta. Brillante trabajo de puesta en escena con la filmación claustrofóbica en 16 milímetros que ahoga los personajes en primerísimos planos.

El viernes debuté en los cines Girona con la proyección de última sesión del día de El Jockey, del argentino Luis Ortega. Los primeros veinte minutos de la película son mi sección de metraje favorita de todo lo que vi en el Americana. Lo que empieza como una comedia absurda, rápidamente desemboca en un drama identitario que no olvida su tono. La película gira entorno a Remo (Nahuel Pérez Biscayart), un jinete de carreras que, debido a una crisis identitaria, vive al margen de las convenciones sociales, sumido en un ciclo de autodestrucción que salpica a su jefe mafioso (Daniel Giménez Cacho) y a su novia Abril (Úrsula Corberó). El tono ridículo casa muy bien con la trama y termina siendo una de las obras más emotivas del festival, tratando temas de identidad de género impensables al inicio del metraje. No soy un gran admirador del trabajo actoral de Úrsula Corberó, pero vale la pena sólo por el baile inicial que comparte con el protagonista.

El sábado por la tarde fue el turno de In the Summers, de Alessandra Lacorazza. La película había servido de inauguración del festival unos días antes en la sala Phenomena, por lo que tenía ciertas expectativas. Sin embrago, y a pesar de no considerarla un fracaso total, terminó por decepcionarme. La premisa de la película – las visitas veraniegas que hacen dos hermanas a su padre soltero en Nuevo México – no resulta muy original y el planteamiento busca replicar,de forma demasiado evidente, el éxito de Aftersun (Charlotte Wells). La figura central, la del padre de afecto intermitente, lo encarna el rapero Residente y no logra ser todo lo complejo que exige un personaje así, por mucho empeño que se nota que le pone. Las elipsis funcionan para poner al espectador en el punto de vista del padre, que vive alienado de la vida de sus hijas casi todo el año y, cuando es su turno de estar con ellas, le resulta difícil dejar a un lado su vida de excesos e irresponsabilidad. Una visión dura de la paternidad que no termina por ser demasiado potente ni original, pero una película con bastante corazón, al fin y al cabo.

Por último, y ya después de la resaca cinéfila del fin de semana, pude ver una de las cintas que generaba más expectación: El brillo de la televisión, de Jane Schoenbrun. Yo había visto la opera prima de Schoenbrun, We’re All Going to the World’s Fair (2021) en una edición anterior del festival y no me había gustado demasiado, por lo que tenía curiosidad por ver si mis prejuicios estaban mal encaminados. Y debo decir que, aunque alejada de mi estilo, disfruté bastante está nueva película; amparada por el sello A24. La película trata la crisis de identidad de dos jóvenes que no se sienten escuchados ni vistos en unas vidas llenas de dolor que solo son soportables por una serie de televisión. Estamos hablando de una película altamente alegórica que trata, de forma muy inteligente, la identidad de género, pero no se conforma en anclarse en su discurso, sino que pone mucho énfasis en la forma. Y es que la inquietud y la dismorfia vital que sienten los personajes se aprecia en los ambientes y la imágenes que genera Schoenbrun. Bastante radical en sus formas, pero un visionado imprescindible.

Y eso sería todo. He disfrutado mucho del festival y me llevo, ante todo visionados memorables. De las ocho películas que he visto hay por lo menos cinco que calculo que seguirán en mi mente para los tops de final de año. Que sirva este festival como testimonio del buen estado del cine independiente y esta crítica como recomendación, no solo de varios títulos interesantes, sino del festival Americana para todos los barceloneses al otro lado de estas líneas.