Como cada marzo, Barcelona se ha detenido para el Festival Americana (el festival de cine independiente norteamericano de Barcelona); y como cada año, las propuestas de cine indie han desfilado por varios puntos cinéfilos de la ciudad condal. Este año, la retrospectiva dedicada a Ira Sachs era, para muchos, el plato fuerte; pues el cineasta estuvo en la capital catalana.

Mi relación con el festival Americana se remonta al año 2022 cuando participé como jurado joven de la sección Next (la sección dedicada a nuevos talentos). Y después de un par de años con una presencia discreta por mi parte, 2025 era el momento de volver a dedicarle la atención que merece. Por supuesto, mi tiempo como crítico precario, asalariado explotado y estudiante desinteresado, limitaban mi disponibilidad para acudir a los cines Girona, Texas y la Filmoteca a sacar el máximo provecho del festival. Investigando a fondo la programación, descubrí que tres de sus propuestas más interesantes ya estaban en plataformas, por lo que combiné mis desplazamientos a los cines Girona con sesiones de manta y peli en mi casa. No es la experiencia completa que me hubiera gustado, pero me ha permitido sacar algo más de rendimiento a mis posibilidades.

En total, he visto ocho películas. Siete de ellas pertenecientes a la sección Tops (la sección principal dedicada a los nombres más asentados) y una obra de la sección Next (la de talentos emergentes y óperas primas). Para no elaborar un artículo infinito voy a dividir mi crónica en dos partes, y como el orden cronológico no tiene mucho sentido, pues algunas películas las he visto en otro momento desde mi sofá, voy a separar los títulos en dos temáticas que creo que engloban las inquietudes del cine indie actual. Hoy hablaré de películas que tratan el proceso creativo y en otro texto analizaré las que tratan el tema de las nuevas masculinidades.

Al lío pues, la primera película de este bloque que vi fue Problemista (Julio Torres, 2023), en la comodidad de mi hogar y a través de Sky Showtime. La película trata sobre un joven emigrante salvadoreño (Julio Torres) que malvive en Nueva York a la espera de una oportunidad para cumplir su sueño: diseñar juguetes. La trama se complica cuando ve su visado en peligro al perder su trabajo vigilando enfermos criogenizados a la espera que la ciencia pueda curarlos. Entabla, entonces, una relación con la mujer (Tilda Swinton) de un artista criogenizado, que pretende reivindicar el arte de su semi-difunto marido. La película busca su fortaleza en la relación entre dos personalidades opuestas: la del tímido y complaciente Alejandro y la de la fuerte e insatisfecha Elizabeth. Cuenta con muchas ideas visuales y narrativas interesantes, pero se nota que es una ópera prima porque busca morder algo más de lo que puede masticar (si esta expresión existe en español). Le hubiera venido bien algo más de coherencia y síntesis en su segundo acto y una decisión más firme sobre el peso de cada una de sus tramas. Aún así, es una apuesta potente y está dando que hablar en los circuitos americanos.

El sábado por la tarde, y ya metido de lleno en el festival, presencié mi película favorita de la edición: Dìdi, de Sean Wang. Sobre el papel es una coming-of-age bastante estándar, con temas como el despertar sexual, la necesidad de encajar o la herencia racial en Estados Unidos. Aún así, consigue encajar todos sus temas de forma eficiente y construye unos personajes sorprendentemente reales. La película se ubica en 2008 y contiene muchos elementos de esa época, no solo a modo de nostalgia, sino que funciona como testimonio de que ser adolescente no es lo mismo en cualquier contexto. El director fue adolescente en la misma época que su protagonista, y habla indudablemente de lo que sabe. Chris (Izaac Wang) liga por MySpace y envía SMS, explora los inicios de YouTube colgando vídeos caseros y soñando con encajar con los skaters. Además de emotiva -que lo es, y mucho- Dìdi es una comedia de adolescentes, y aunque es más cercana a Mid90s (Jonah Hill, 2018) que a Supersalidos (Greg Mottola, 2007), encaja los gags cómicos en la narrativa de forma muy elocuente. Sin duda, uno de los descubrimientos del festival, por su guion y sus interpretaciones especialmente; y por la sensibilidad narrativa de Wang.

El sábado por la noche fue el turno de uno de los momentos que más ansiaba del festival: sesión con cerveza de Saturday Night, de Jason Reitman. La película narra en tiempo real los momentos previos a la primera emisión del Saturday Night Live, en 1975. Desfile de caras conocidas interpretando a otras caras conocidas y una película que destaca por su ritmo frenético. Si en Problemista, la creación era un sueño (el sueño de Julio de diseñar juguetes) y en Dìdi era una vía de escape (su afición por grabar vídeos de skateboard), en Saturday Night la creatividad lo es todo. La película da todo el rato la sensación de salto al vacío porque Lorne Michaels (Gabrielle LaBelle) contaba con varias de las mentes más geniales de Estados Unidos, pero a escasos minutos de dirigir la mirada del país hacia ellos, no tenía ni idea de qué iba a suceder. Saturday Night es una bomba de relojería hecha película y un disfrute absoluto construido a base de planos larguísimos y una admiración feroz por las figuras del pasado.

Por último, el domingo sólo me esperaba una sesión. Dediqué la tarde lluviosa a acercarme, de nuevo, a la sala 1 de los Girona para desviar mi mente del Atlético de Madrid – Barça que se disputaría unas horas más tarde (con satisfactorio resultado). La película en cuestión: Griffin in Summer, de Nicholas Colia. La película narra un verano en la vida de Griffin, un adolescente fascinado por escribir y producir obras de teatro, y como esas semanas se convierten en el verano en que toca madurar: se cuestiona sus amistades, descubre nuevos intereses y, por supuesto, hay un despertar sexual cuando conoce a un vecino mayor, macarra y bebedor. En Dìdi, Chris sentía que no encajaba en el mundo, y es un sentimiento muy reconocible en la adolescencia. Chris veía como cada decisión que tomaba parecía ser errónea y no podía ser él mismo, pero tampoco lo que los demás esperaban de él. En Griffin in Summer, Colia le da la vuelta y muestra otra sensación propia de la adolescencia: el mundo no encaja en Griffin. El protagonista sabe que está haciendo lo que debe, es incapaz de ver sus defectos o errores, pero es el mundo el que le falla una y otra vez. La película pierde un poco el hilo en su segundo acto, cuando se aleja de la obra de teatro, que es el punto fuerte a nivel tonal, y me costó ponerme a su altura en los momentos más emotivos; suerte que una magnífica interpretación de Melanie Lynskey consigue equilibrar los elementos temáticos y emocionales del film para salvarlo en el último momento.

En resumen, cuatro películas muy personales (puede parecer que Saturday Night es algo más de encargo, pero recordemos que el padre de su director, Ivan Reitman, estuvo vinculado al programa) que ponen el foco en mentes creativas, innovadoras y diferentes. Mañana tendréis por aquí la segunda parte, analizando cuatro películas más, que ponen el foco en la masculinidad y lo que significa ser un hombre en nuestros días.

Leave a comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.