Seguimos con nuestra cobertura del festival de cine independiente norteamericano de Barcelona desde Blockbuster Keaton. Después de cuatro días, hemos podido ver nueve películas a la espera de un intenso fin de semana en el que se agradecerá la sala de cine ante el panorama meteorológico. Desde nuestra última crónica he asistido a cinco pases en los que ya ha quedado clara la línea editorial del festival y la calidad media de los filmes se va nivelando con grandes descubrimientos y alguna que otra decepción.

El jueves por la tarde, tuve ocasión de acercarme a los Texas para ver Atropia, el debut en la dirección de Hailey Gates. Se trata, sin duda, de uno de los filmes de más rabiosa actualidad del festival, pues trata la ocupación de Estados Unidos en Oriente Medio. La cinta nos traslada al desierto de California en el año 2006, donde el ejército estadounidense ha recreado un pueblo iraquí para entrenar a los reclutas. La protagonista (Alia Shawkat) es una actriz que trabaja como figurante en este Westworld bélico, aunque sus aspiraciones están en Hollywood. Atropia se construye como una sátira que refleja la absurdidad de la guerra y denuncia la inferencia política y cultural de Estados Unidos en la vida iraquí.

Más allá de una denuncia de evidente importancia, hay que decir que la película es notablemente irregular. Los gags y chistes no siempre funcionan e incluso cuando lo hacen buscan efectos poco elaborados. Hay una cantidad sorprendente de humor escatológico y el guion tiende a buscar los recursos cómicos lejos del conflicto principal para intentar no ensuciarse las manos o pasarse de la raya. En medio de esta sátira coral hay una historia romántica entre la protagonista y el personaje interpretado por Callum Turner que no termina de funcionar, puesto que, en pro de la sátira, sus personajes son irritantes y superficiales. Se trata sin duda de una película con valor crítico y una mirada al pasado reciente muy reveladora sobre el presente y el hipotético futuro de nuestro mundo en guerra -«la guerra es la forma que tiene Dios de enseñar geografía a los estadounidenses», reza un intertítulo antes de arrancar la película-. pero narrativa y cinematográficamente termina cediendo demasiado terreno a un cine comercial norteamericano que tiende a legitimar lo que aquí se cuestiona.

Directamente desde el Texas, breve paseo por la frontera entre L’Eixample y Gràcia para meterme en los Girona a sumergirme en La plaga, de Charlie Polinger. Si Atropia, pese a su espíritu satírico, era una comedia ligera, La plaga fue una experiencia malrollera y tremendamente opresiva. Es un relato feroz sobre el bullying en la adolescencia que tiene lugar en un campamento de waterpolo. La trama no parece ir más allá de un grupo de niños que hacen el vacío a otro, acusándolo de estar infectado por una contagiosa enfermedad, ante la impasibilidad de cualquier adulto o agente que pueda frenar el acoso.

La película funciona estupendamente por dos motivos. Principalmente por los niños que, no solo hacen gala de unas magníficas interpretaciones, sino que están escritos de tal forma que resultan creíbles como niños de trece años. El protagonista (Everett Blunck), tímido e inseguro, se balancea entre el desprecio a las acciones del resto y la necesidad de validación por parte del grupo; el niño acosado resulta desagradable y siniestro, pero su vulnerabilidad es evidente en cada primer plano; y el cabecilla de los acosadores consigue ser encantador, manipulador y no necesita la violencia física para destrozar las vidas que se proponga. Cualquiera que estuviera atento en su paso por el instituto podrá reconocer dinámicas y sentirse asqueado por la falta de madurez de una de las edades más complicadas de la vida. El otro motivo que convierte La plaga en una experiencia hipnótica es su dirección de fotografía que tiende a lucirse en exceso, pero consigue planos de gran belleza plástica, especialmente los subacuáticos. Este lucimiento técnico genera una fascinación en el espectador comparable a la que siente el protagonista por esta pandilla de abusones.

Ya el viernes fue el turno de The Scout (Paula González-Nasser), una película muy pequeña sobre una localizadora para cine y televisión en la ciudad de Nueva York. González-Nasser consigue capturar la soledad de la protagonista de forma muy inteligente, pues no la subraya en ningún momento. De hecho, Sophie es dicharachera, sociable y respetuosa, charlando e interesándose constantemente por la vida de la gente a quien va conociendo en su trabajo. Sin embargo, la falta de reconocimiento por parte de sus jefes y su carga de trabajo le impiden llevar a cabo una vida social sana y esto se refleja en la construcción narrativa a lo largo de todo el metraje.

Hay muchísima atención al encuadre, lo que resulta muy apropiado para la película porque, a base de planos muy abiertos y de larga duración, apreciamos la alienación de la protagonista y vemos el mundo a través de sus ojos. El espacio, el diseño y la arquitectura tienen un papel capital en la puesta en escena, pues los planos consisten en preciosas configuraciones geométricas a partir de marcos de puertas, columnas y escaleras de incendios. La protagonista entiende el mundo a través de el encuadre (de su cámara) y la función del espacio (para localizar), por lo que el espectador entra en su mente de forma sencilla. A pesar de no contar con nombres muy llamativos, The Scout es, sin duda, uno de los descubrimientos del festival.

Un refresco y un snack es todo a lo que me dio tiempo antes de volver al cine para ver Omaha, de Cole Webley. La película fue un éxito en su paso por Sundance y es una de las propuestas con un mensaje social más claro de la programación. Sigue a un hombre y a sus dos hijos que se embarcan en un viaje en coche después de ser desahuciados de su hogar y narra los intentos del padre para mantener a los niños alejados de la miseria. El caso de denuncia concreto se va desvelando con la trama, así que intentaré no revelar demasiado.

La interpretación de los dos niños es fascinante por su espontaneidad y su credibilidad. A pesar de su corta edad, transmiten todo el rango de emociones que viven sus personajes y Webley encuentra momentos de una catarsis infantil imposible de actuar. Sin embargo, el enfoque narrativo es constantemente manipulador y esto resulta peliagudo de discutir, pues relata una realidad muy dura. Más que la miseria que trata, el problema está en los recursos narrativos que elige para que el público se sienta mal: una cinta con la voz de la madre muerta, el padre devolviendo su comida al supermercado porque no le alcanza, un coche-tartana que hay que empujar al puro estilo Little Miss Sunshine… no solo son recursos que todos tenemos muy vistos, sino que los asociamos a una empatía que se construye desde el hecho, no desde la forma; y resulta frustrante porque los momentos menos forzados narrativamente son los más emotivos simplemente por la dirección de los niños.

Por último, y ya bastante cansado, me traslade al Texas a ver Fantasy Life, de Matthew Shear. Se trata de una comedia bastante inteligente sobre un hombre con claros problemas de ansiedad (el propio Shear) que se ve obligado a aceptar un trabajo de niñero para una familia acomodada. La ausencia de mejoría en su estado mental le obliga a permanecer en este trabajo y poco a poco desarrolla una amistad con la madre de las niñas, una actriz venida a menos con depresión (Amanda Peet). La película pone de relieve la importancia de cuidar la salud mental sin ser paternalista ni aleccionadora al respecto, sino hablando abiertamente del tema en todo momento sin más dramatismo del necesario.

El protagonista neurótico, el estilo de vida de los judíos neoyorkinos y la forma de humillar a través del diálogo a su protagonista recuerdan inevitablemente al cine de Woody Allen. Sin embargo, Shear no intenta ser irónico ni mordaz, sino que es puro corazón y aleja a los personajes de una intelectualidad de la que a veces peca Allen en sus guiones. Es de las propuestas menos arriesgadas formalmente del festival, pero arranca sonrisas, alguna carcajada y reflexiones sobre salud mental que no desentonan en el discurso contemporáneo.

Esto es todo por hoy. Acabo de editar esto y me voy corriendo al cine. Si todo va bien, hoy me esperan cinco películas así que mañana intentaré teneros otro texto hablando de ellas.

Leave a comment