El martes dio su pistoletazo de salida la 13ª edición del Americana Film Fest en Barcelona. El festival celebra lo mejor del cine independiente norteamericano con una programación variada, potente y muy fiel al estilo «indie» que el evento lleva por bandera.

El martes 10 de marzo, la sala 5 del cine Aribau reunió alrededor de 1.000 personas en el centro de la ciudad condal para el estreno nacional de Late Fame, de Kent Jones. Antes del pase, los directores del festival presentaron lo más destacado de la edición y agradecieron a los colaboradores de esta cita cinéfila que repartirá sus proyecciones por distintos puntos de la ciudad.

De momento, he podido ver cuatro películas propuestas por el Americana y ya resulta evidente que temas como la alienación, la soledad y la relación de los humanos con el arte como causa y remedio de muchos de los problemas de la vida contemporánea van a tener un peso capital en la colección de filmes presentados en la edición. Empecemos hablando, como no puede ser de otra manera, de la cinta inaugural. Late Fame sigue a un poeta retirado (Willem Dafoe), trabajando ahora en el servicio postal de Nueva York, que se reencuentra con su carácter artístico cuando conoce a una comunidad literaria que lo idolatra por su obra. La película es profundamente melancólica y pone de relieve la hipocresía de un panorama cultural invadido por adinerados pseudo-intelectuales y niños de papá.

Lo mejor de la cinta es, sin duda, su protagonista, pues Dafoe consigue ser un pez fuera del agua al ver que el mundo del arte en el que creció en los setenta ha dejado de regirse por la calidad y el pensamiento, para ser dominado por la apariencia y el prejuicio. Para ello, Dafoe renuncia absolutamente a sus histrionismos habituales y entrega una de sus interpretaciones más comedidas. Esto resulta sorprendente, pues el elemento disruptivo, histriónico y absorbente deriva hacia Greta Lee (Vidas pasadas), que interpreta a una aspirante a actriz que se codea con el grupo de literatos con posado de diva. La dinámica entre los personajes funciona porque evidencia los efectos del postcapitalismo en el mundo del arte y como el dinero y los contactos con las altas esferas condicionan hasta la cultura más callejera.

Más allá de una buena construcción de personajes y un protagonista a la altura, la película de Kent Jones no ofreció una mirada particularmente novedosa, pero resultó ser un buen territorio común para los centenares de espectadores que se vieron, o bien satisfechos, o bien algo tibios con la película, pero en ningún caso la recepción pareció ser negativa. Para redondear el acto, la organización regaló cerveza y palomitas cortesía de los patrocinadores; afterparty al que no pude quedarme por priorizar el agónico final del Newcastle – Barça.

Con el festival inaugurado, fue el turno de Navidad en Baltimore, de Jay Duplass. Tengo que aclarar que aproveché que la película ya está disponible en Movistar+ para priorizar otros títulos del festival en mi selección de entradas, por lo que la vi cómodamente des del sofá de mi casa. La película es una comedia amarga que sigue a un alcohólico en rehabilitación (Michael Strassner) que, meses después de un intento de suicidio, se enfrenta a sus primeras navidades sobrio. El azar, quizá el destino, lo lleva a conocer a una dentista (Liz Larsen) con la que forja una inesperada relación basada en la comprensión.

Sin duda, el valor de Navidad en Baltimore está en su apuesta por la empatía y su búsqueda de pequeñas catarsis en los pequeños destellos de alegría que se filtran por las grietas de la depresión. Duplass consigue empapar la trama del espíritu de Baltimore y la idiosincrasia de la ciudad cobra mucho protagonismo a medida que vemos a los dos protagonistas deambular las gélidas calles de la localidad de Maryland. La relación del protagonista con los espectáculos de improvisación muestra como la expresión artística puede ser terapia, pero también trauma, y no busca resolver las crisis de salud mental en las que están sumidos los personajes (y, por extensión, el mundo), sino que pretende dibujar la humanidad como remedio.

Ya el miércoles fue turno de una doble sesión que se inició en los cines Texas con Obex, de Albert Birney. De Birney ya me conquistó su película Strawberry Mansion (2021) hace ya unas cuantas ediciones del festival, así que le tenía ganas a está epopeya retro-digital con una puesta en escena onírica. Es la historia de un hombre agorafóbico (el propio Birney) en un presente retro ochentero atemporal que trabaja haciendo retratos con las teclas de su ordenador con la única compañía de su perrita. El anuncio de un videojuego inmersivo dará un vuelco a su monótona vida rodeada de pantallas de ordenador y televisores de tubo.

Birney retoma su obsesión de usar dispositivos tecnológicos como ventanas a la mente y al subconsciente. En este caso, un videojuego es la manifestación pesadillesca de los temores del protagonista, que ha perdido la capacidad de comunicarse con el mundo. El tono y la estructura del film son voluntariamente caóticos, generando una esquizofrenia narrativa que rima con las temáticas que trabaja. El tono retro se encuentra en la música y en un saturado blanco y negro que hacen lucir una propuesta de un presupuesto muy bajo; hay comedia absurda, hay cine de aventuras y hay notas de terror que no empañan el tono, sino que acompañan una pesadilla con ecos lynchianos. Hay una mezcla de lo biológico con lo digital, apreciable en el papel opresor de las cigarras y en unos esqueletos de píxeles que recuerdan a un Harryhausen digital.

La última cinta de este primer ciclo (estad atentos estos días porque queda mucho festival) fue Mile End Kicks, de Chandler Levack. Consiste en una propuesta canadiense de puro estilo indie que sigue a una joven crítica musical (Barbie Ferreira) que se muda de Toronto a Montreal para escribir un libro sobre el álbum «Jagged Little Pill», de Alanis Morristte. La acción se desarrolla en el año 2011 y el guion está cargado de energía, nostalgia y vitalidad juvenil. Barbie Ferreira está fantástica y logra ser divertida, antipática, reconocible y patética. Es un personaje realmente bien escrito que sirve de piedra angular de una comedia con un mensaje feminista algo obvio, pero mucha vergüenza ajena y un espíritu estival contagioso.

Hasta aquí la primera crónica de esta edición del Americana. Me atrevo a decir que las cuatro películas que he podido ver tienen motivos para ser recomendadas y promete ser una semana de buen cine indie en la ciudad de Barcelona. Si estáis por aquí os animo a sacar alguna entrada de última hora porque siempre hay cosas interesantes y este año los dos cines principales caen muy cerca (Girona y Texas), lo que es ideal para sesiones dobles. Estoy leyendo cosas muy buenas de películas como Blue HeronEn el camino, así que hay entusiasmo para ver que me encuentro este fin de semana.

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