Jacques Audiard llega con Emilia Pérez a tocar los huevos, una película que aspira a ser muchas cosas: musical transgresor, drama sobre identidad de género, crítica social al narcotráfico… Pero en su afán por abarcarlo todo, termina siendo una mezcla desordenada que ofende más de lo que conmueve. Con 13 nominaciones al Oscar, es quizás la cinta más sobrevalorada de 2024.
Un México de cartón piedra (y con acento francés)
El primer problema es la representación de México como un decorado de feria. Audiard, que admitió no investigar la cultura local, construye un país de tópicos: sombreros colgantes, colores chillones y narcos con bigote retorcido. Las calles de Ciudad de México parecen sacadas de un parque temático, y los personajes hablan un español forzado, lleno de modismos inventados. Selena Gomez, como Jessi, arrastra una pronunciación que suena a app de traducción. Ni Zoe Saldaña (dominicana) ni Karla Sofía Gascón (española) logran camuflar sus acentos, y el resultado es una cacofonía que distrae de la trama.

La redención imposible (y ofensiva)
La premisa —un capo narcotraficante (Gascón) que se redime tras una transición de género— podría ser interesante si no fuera por su ejecución torpe. La película sugiere que convertirse en mujer borra décadas de crímenes, como si una vaginoplastia limpiara la sangre de las manos. La escena donde Emilia crea una organización para buscar desaparecidos, usando sus conexiones criminales, es especialmente irritante: trivializa una tragedia real para darle un arco de héroe a quien nunca muestra remordimiento genuino.
Musical… ¿Por qué?
Los números musicales, lejos de sumar, evidencian lo dislocado del proyecto. Canciones como El Mal (ganadora del Globo de Oro y nominada al Oscar) interrumpen el ritmo con letras pretenciosas y coreografías que recuerdan más a un anuncio de perfume que a un drama social. Es difícil tomar en serio a Emilia cantando sobre su “alma libre” mientras flashbacks muestran masacres ordenadas por ella. El contraste no es audaz: es grotesco.
Actuaciones: Brillos aislados en un guion caótico
Karla Sofía Gascón hace lo que puede con un personaje mal escrito. Su interpretación de Juan/Emilia tiene momentos de intensidad, especialmente cuando muestra la vulnerabilidad pre-transición. Pero el guion la traiciona: pasa de psicópata a santa sin transición creíble. Zoe Saldaña, como la abogada Rita, está limitada a miradas angustiadas y frases como “¡esto es una locura!”. Selena Gomez, por su parte, parece perdida en un papel que exige más profundidad del que ella puede ofrecer.

Las polémicas de Emilia Pérez: Cuando la ficción pisó tierra real (y se torció el tobillo)
Desde su estreno en Cannes, Emilia Pérez acumuló críticas como una bola de nieve rodando cuesta abajo. Lo que comenzó como un proyecto audaz —un musical sobre un narcotraficante que se redime tras una transición de género— se convirtió en un manual de cómo no abordar temas sensibles sin consultar a quienes los viven.
Jacques Audiard, director francés sin conocimiento previo de México, admitió en entrevistas que «no investigó mucho« sobre el país. El resultado es un México de postal turística: calles empolvadas con sombreros colgantes, narcos caricaturescos y diálogos que mezclaban modismos inventados con español de Google Translate. Selena Gomez, de ascendencia mexicana, pero criada en Texas, arrastra una pronunciación que suena artificial incluso para oídos no nativos. Zoe Saldaña (dominicana) y Karla Sofía Gascón (española) completan un trío protagonista sin mexicanos en roles clave, salvo por Adriana Paz en un papel secundario.
La gota que colmó el vaso fue una declaración de Audiard en 2024: «El español es una lengua de países emergentes, modestos, de pobres y migrantes«.
Karla Sofía Gascón, primera actriz trans nominada al Oscar, vio su triunfo empañado cuando resurgieron sus antiguos tuits (2016-2021): comentarios islamófobos, desprecio al movimiento Black Lives Matter y críticas a las cuotas de diversidad en Hollywood. Tras una disculpa entre lágrimas —«La luz vencerá a la oscuridad«—, borró su cuenta de X (Twitter). El guion de redención de su personaje chocó con la percepción de que la vida imitaba al arte… para mal.
La trama incluye una organización para buscar desaparecidos, reflejando la crisis real de México (más de 100.000 casos). Pero la película convirtió este drama en plot device: Emilia usa sus conexiones criminales para «hacer el bien», trivializando el dolor de familias que llevan años buscando respuestas. Audiard defendió que «al menos se habla del tema«, pero organizaciones como FUNDEM exigen «menos ficción y más apoyo real«.
Para añadir leña al fuego, Audiard reveló que grabó en estudios franceses porque «las calles mexicanas eran demasiado reales«. Justificó la falta de actores locales argumentando que «no encontré mexicanas rentables«, lo que muchos interpretaron como «no quisimos invertir en autenticidad«.

Lo poco que funciona
La fotografía de Romain Winding tiene momentos de belleza, como el contraste entre la crudeza del desierto y la frialdad de las clínicas de transición. Y la idea de usar un musical para abordar la identidad trans es, al menos, original (aunque mal ejecutada).
Emilia Pérez no es solo una mala película: es un ejemplo de cómo Hollywood explota tragedias ajenas para fabricar discursos vacíos. Mientras en los premios la aplauden como progresista, en México la ven como lo que es: un producto extranjero que usa su dolor como decorado.