Cuando compre mi entrada para encerrarme tres horas -incubando un resfriado- para ver La semilla de la higuera sagrada sabía pocas cosas de la película. Sabía que el director iraní tras el film, Mohammad Rasoulof, había tenido que exiliarse a Alemania perseguido por el gobierno de su país, por lo que sabía (o más bien imaginaba) que me encerraba a merendar una lenta película política con una denuncia explícita del régimen iraní. Malditos prejuicios. En cierto modo, debo decir, no me equivocaba, pero mis expectativas no contaban con el baño de cine y el dominio de los géneros que me iba a regalar el amigo Rasoulof.
El argumento, que también conocía vagamente, va en la línea de lo que esperaba encontrarme: una familia vive de primera mano la revolución popular en Teherán cuando al padre lo nombran juez de instrucción. Amparándose en la seguridad de su mujer e hijas, Iman (Missagh Zareh), impone normas estrictas a su familia para alejarlas de la violencia de los revolucionarios (y ya de paso, de sus ideas). Como digo, sobre el papel, parece una película denuncia bastante clásica, aunque el elemento de equiparar la opresión doméstica con la opresión gubernamental resulta interesante y subraya el mensaje sin necesidad de gritarlo a los cuatro vientos. Rasoulof, sin embargo, no se contenta con aleccionar a su audiencia, sino que oscurece la historia para convertir un drama en un thriller y forzarlo hasta rozar el género del terror.

El guion es magistral porque funciona a modo de zoom. En este tipo de historias, lo fácil es ir de lo particular a lo general; es decir, usar un caso concreto para arrancar la trama y terminar hablando de los aspectos sociales que afectan a todo un país. La semilla de la higuera sagrada toma la dirección opuesta y arranca con una denuncia general para encerrar cada vez más a sus personajes y, de este modo, terminar contándonos su historia. Todo en esta película es opresivo, en concordancia con su temática. La trama, el tono, la fotografía… todo tiende a cerrarse hasta dejarte sin aliento.
El aspecto magistral del film es el dominio que tiene sobre las emociones del espectador. Es una película que busca manipular, pero te lleva de la mano. Rasoulof actúa como trilero y consigue que creas que has decidido estar en el punto al que llegas con la película. La empatía y antipatías con los personajes están medidísimas y, como si de Juego de tronos se tratara, el posicionamiento del espectador es cambiante, pero siempre es el que Rasoulof busca. Hay varios momentos en que la película se rompe y parece que el argumento se desvía hasta perderse del punto de partida, para descubrir que siempre hemos estado donde debíamos.

La primera hora de película, la más centrada en el aspecto social, utiliza imágenes de archivo para exponer la violencia policial real que tiene lugar en Irán. Los montajes de estas imágenes muestran la libertad que representa internet en un país en que el gobierno controla todo. Como ya he comentado, el film se va constriñendo y todas estas muestras de libertad a las que aspiran las jóvenes hijas de la familia desaparecen. Lo que al principio parece una película sobre el poder de la gente acaba retratando el aislamiento al que someten ciertos gobiernos represivos.
La semilla de la higuera sagrada no es la película más comercial de la cartelera, ni por su temática ni por su origen, pero, si uno logra dejar de lado sus prejuicios y encontrar tres horas para echarle un vistazo, descubrirá una película importante y excelentemente realizada. En este texto me he centrado en los aspectos más generales de la cinta, pero está llena de escenas, diálogos e ideas de puesta en escena que he dejado de comentar para recompensar aquellos que decidan disfrutarla.