«Todo salió peor que como imaginaba
Se cerró el ascensor, y oí cómo llorabas
Yo te hubiese hecho de alfombra pa’ que me pisaras
¿Qué nos ha pasado?
Si no ha pasado nada – Probablemente Tengas Razón, Carolina Durante» – davidpardi97 en Letterboxd
Hay series que no se ven con los ojos, sino con las cicatrices. Los años nuevos llega como un puñetazo envuelto en nostalgia, diez episodios que huelen a café frío y a promesas guardadas en el cajón de la mesilla de noche. Rodrigo Sorogoyen, junto a Sara Cano y Paula Fabra, no cuenta una historia: desentierra los secretos que todos llevamos bajo la piel de los treinta años, esa edad en la que el reloj de arena parece acelerarse y las grietas del espejo ya no pueden disimularse con filtros de Instagram.

Cuando la vida se mide en Nocheviejas (y en segundas oportunidades)
Ana (Iria del Río) y Óscar (Francesco Carril) cumplen 30 años en extremos opuestos del calendario: ella el 1 de enero, él el 31 de diciembre. Su encuentro en la bisagra entre dos años marca el inicio de un baile acompasado por diez campanadas. Cada capítulo es una cápsula temporal: una noche de fin de año donde las conversaciones triviales —¿vino blanco o tinto? ¿quién paga el taxi?— esconden terremotos existenciales. La estructura narrativa es un reloj de arena: en la primera mitad (episodios 1-5), la arena cae lenta, acumulando granos de complicidad, discusiones domésticas y planes truncados. En el sexto episodio, alguien voltea el reloj. Las idas y venidas de la pareja se convierten en derrumbes, y el tiempo ya no corre: se despeña.
Cada Nochevieja es un eslabón en una cadena de momentos aparentemente banales: discusiones sobre quién olvidó sacar la basura, planes de viaje cancelados por un turno extra, silencios que pesan más que cualquier reproche. La serie se niega a los golpes de efecto, prefiriendo en su lugar la lentitud de una herida que se infecta sin hacer ruido. Los primeros cinco episodios están dirigidos con la paciencia de un entomólogo observando cómo se deshidrata una mariposa. Por ejemplo, un plano secuencia de doce minutos los muestra pelando gambas mientras hablan de maternidad, y es ahí, entre cáscaras y risas nerviosas, donde el amor se revela como un animal frágil. La cámara no juzga, solo registra: los poros de la piel, las uñas comidas, la forma en que Ana ajusta el umbral de la camiseta cuando miente. Detalles que duelen por lo exactos y por lo reconocibles que son.
Iria del Río construye a Ana con una verdad que escuece. Hay una escena —casi un suspiro— en la que, tras ser despedida de su trabajo como fotógrafa de bodas, se sienta en un parque a observar a una niña que alimenta palomas. No llora, no maldice, solo mastica un chicle cuyo sabor se le ha escapado hace rato. Francesco Carril, por su parte, convierte a Óscar en un monumento a la derrota elegante. Su mejor momento llega cuando, usando el manual DSM-5, se autodiagnostica depresión entre risas que suenan a cristales rotos. La serie juega con dos registros: El realismo sucio de los primeros años: pisos compartidos con enchufes pelados, botellones en parkings, viajes en BlaBlaCar con desconocidos que huelen a tabaco rancio y el surrealismo melancólico de la segunda mitad.
El guion, escrito a cuatro manos por Sara Cano y Paula Fabra, evita los monólogos grandilocuentes para abrazar el arte de lo trivial. Una discusión sobre quién dejó abierta la nevera deriva en un análisis existencial sobre la maternidad. Un silencio durante el lavado de platos pesa más que cualquier confesión de amor.

Comparaciones que arañan el alma (y sanan al hacerlo)
Si Antes del amanecer (Richard Linklater, 1995) era el susurro de dos almas rozándose en una noche vienesa, Los años nuevos es el eco de ese mismo roce después de una década de portazos. Linklater filmaba el amor como un reloj de sol, midiendo sombras que se alargaban en tiempo real; Sorogoyen, en cambio, desentierra ese mismo reloj años después: sus agujas están oxidadas, el péndulo tiene grietas, pero sigue marcando horas con terquedad. Aquí no hay paseos filosóficos junto al Danubio, sino discusiones sobre quién pagará la factura de la luz mientras la lavadora retumba como un mantra doméstico. En cuanto a Normal People (2020), ambas comparten la misma cicatriz en el costado: esa forma de retratar el deseo que duele al salir, como una costra arrancada demasiado pronto. Pero mientras Hulu nos mostraba praderas irlandesas donde el silencio era un personaje más, aquí los paisajes son de tupperwares con restos de lentejas y cafeteras que pitan a las 7:15 AM. Las alcachofas de Mercadona sustituyen a los acantilados de Connemara, y el Wi-Fi inestable hace las veces de tormenta romántica. Lo que en Sally Rooney era poesía lacónica, aquí se transforma en prosa con olor a tabaco de liar y recibo de autónomo.
Terminar Los años nuevos es como encontrar una caja de viejos WhatsApps: duelen las palabras no enviadas, las fotos borrosas, los «te quiero» convertidos en stickers de Hello Kitty. La serie no es perfecta —¿acaso lo fue algún amour fou?—, pero su imperfección es un acto de rebeldía. En tiempos de algoritmos que venden finales felices empaquetados, Sorogoyen y su equipo exhiben las costuras del guion como cicatrices de guerra: planos que se alargan hasta el incordio, diálogos que saben a café recalentado, personajes secundarios con más aristas que un cristal de Bohemia. Es en ese caos donde late su genio. Como un espejo trizado en una mudanza apresurada, refleja mejor nuestras grietas que cualquier selfie a carra perro. Duele, sí. Como duele reencontrarse con ese jersey que ya no te pondrás nunca, pero que guardas «por si acaso». Y entre tanta herida, un consuelo: saber que los amores que se oxidan también dejan pátina. Que lo imperfecto, a veces, es lo único que perdura.
Los años nuevos no es perfecta. A veces tropieza, a veces repite chistes, a veces se pierde en callejones narrativos sin salida. Pero en su imperfección reside su genio: es la primera serie española que captura el vértigo de ser treintañero en la década de 2020, donde tener un trabajo estable es más utópico que una novela de Orwell y donde el amor se mide en megas de conexión Wi-Fi.
Los años nuevos es esa canción que tarareas sin recordar de dónde la conoces, cuyo estribillo te persigue entre las sábanas a las 3:17 AM. No es perfecta —tiene ripios en la letra, un par de notas desafinadas—, pero justo ahí, en sus imperfecciones, guarda el mapa de una generación que aprendió a amar entre notificaciones de LinkedIn y una globalización desmesurada con un chai latte de cafetería hipster. Me ha gustado como duele: con esa mezcla de rabia y ternura que provoca reencontrarse con un diario adolescente lleno de promesas incumplidas. Cada fallo de guion se siente honesto, como una mancha de vino tinto en el mantel de una cena importante. No es el error lo que importa, sino la historia que cuenta: aquí alguien se atrevió a servir el plato sin disimular las quemaduras del microondas. Sorogoyen y su equipo han creado un artefacto incómodo, como un zapato que aprieta justo donde tienes el callo. Duele verla, sí, pero duele del mismo modo que duele sacar una astilla clavada hace años. ¿Que si la recomiendo? Solo a los valientes que prefieran cicatrices auténticas a maquillaje de efectos especiales. Porque esta serie no entiende de puntuaciones de Letterboxd ni de ovaciones en festivales: se mide en carraspeos incómodos durante la cena, en lágrimas que caen sobre el mando de la tele y en mensajes de WhatsApp que nunca enviarás a tu ex. Es imperfecta. Es desgarbada. Es necesaria. Como nosotros.
Queda el eco de las campanadas, ese sonido que todos oímos, pero nadie sabe realmente dónde termina. Como la serie misma: imperfecta, necesaria, tan nuestra que duele reconocerla en el espejo.