La carrera por los Oscar está más tensa que nunca. Anora (Sean Baker, 2024) y Cónclave (Edward Berger, 2024) parecen quedarse algo cortas, Emilia Pérez (Jacques Audiard, 2024) es la película más polarizante de los últimos años y, ahora, ha aparecido polémica con The Brutalist (Brady Corbet, 2024). Al parecer, el uso de la inteligencia artificial para perfeccionar el acento húngaro de Adrien Brody y Felicity Jones es motivo de linchamiento en redes sociales. La creencia generalizada es que la IA es una amenaza para la creatividad y que su uso atenta contra el espíritu del propio arte cinematográfico. Podemos entrar en debate sobre la legitimidad artística de usar inteligencia artificial, sobre todo para algo que el propio equipo de The Brutalist ha admitido que podía hacerse de forma manual, pero el peligro está en sumarse al mensaje de «la IA es mala» o «la tecnología nos va a robar el trabajo».

La realidad es que el uso de la tecnología -sea la que sea- se justifica en función del mensaje del producto que la está usando. Por ejemplo, que Misión imposible: sentencia mortal (Christopher McQuarrie, 2023) convirtiera la IA en el villano principal de la película tiene sentido, pues Tom Cruise es el estandarte del cine hecho sin trampa ni cartón; la última estrella de cine que pone en riesgo su vida en cada plano. El Buster Keaton del siglo XXI. Pocos estilos han tenido que combatir el progreso tecnológico con más resiliencia que el stop-motion. La animación fotograma a fotograma que se vio superada por la comodidad de la animación convencional (y las estrategias de Disney para agilizar la producción), la animación 3D de Dreamworks y Pixar y el motion-capture. El stop-motion representa el cine como artesanía, la atención al detalle que solo los más pacientes y mimosos artistas se atreven a ejecutar. Grandes defensores del cuidado al detalle (lo único que la IA no puede imitar) como Wes Anderson o Guillermo del Toro han jugado a dirigir sus películas usando esta técnica, pero no hay estudio en el mundo que entienda el stop-motion como Aardman.

Aardman son el estudio detrás de obras como Chicken Run (Peter Lord, Nick Park; 2000) o La oveja Shaun: La película (Mark Burton, Richard Starzak; 2015). A partir del manejo minucioso de arcilla moldeable, son los maestros de la técnica conocida como clay-motion. Existen pocas formas de hacer una película más artesanalmente, pues la dependencia en las habilidades manuales es total, y las herramientas digitales son poco más que complementarias para todo el proceso. Así pues, y antes de meterme de lleno en la película, Aardman deberían ser, como Tom Cruise, enemigos de la IA, y de toda tecnología que antente contra el noble arte de la minuciosidad, ¿no? – Veámos.

El argumento de Wallace y Gromit: La venganza se sirve con plumas (Merlin Crossingham, Nick Park) es tan deliciosamente inglés como sus ya icónicos personajes. El inventor local Wallace (Ben Whitehead) diseña un robot/gnomo de jardín para que realice las tareas de jardinería de las que normalmente se encarga el perro Gromit. La cuestión es que Gromit adora trabajar en el jardín y crear un paisaje a su gusto, mientras que lo que realiza Norbot (Reece Shearsmith) es genérico e impersonal, a pesar de ser técnicamente impecable. Todo el pueblo quiere contratar robots jardineros, pues su rendimiento es excelente, y no encuentran ningún problema en que todos los jardines se vean iguales. La trama gira cuando el reputado ladrón Feathers McGraw – un pingüino que se disfraza de gallina poniéndose un guante a forma de cresta – hackea los gnomos desde la cárcel para vengarse de Wallace y Gromit.

Podría parecer que el mensaje de la película es de rechazo a la tecnología homogeneizadora y de reivindicación de la creatividad humana -y lo es, en parte-, pero el film va un poco más allá y se muestra consciente de la importancia del progreso. La tecnología -la IA- no es buena ni mala «per se», se trata del uso que se haga de ella. El robot Norbot acaba siendo de gran ayuda para la resolución de la aventura, y Wallace exclama «Gromit, sabía que acabarías apreciando la tecnología». Wallace y Gromit: La venganza se sirve con plumas es un recuerdo de todo aquello que hacía del cine un medio artesano, pero su mensaje no se ve aleccionador ni anclado en el pasado. Si hasta la distribuye Netflix.

Por lo tanto, dejemos estar el tema de si The Brutalist usa IA para ahorrarse unos dólares o si Emilia Pérez afinó con IA las notas más difíciles de Karla Sofía Gascón. Valoremos las obras por lo que son y defendamos que los artesanos del cine sigan pudiendo hacer su trabajo, pero no cerremos la puerta al progreso, porque ni siquiera un perro de plastilina lo ha hecho.

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