Allá en noviembre Ridley Scott estrenó Gladiator II. No sabemos si la oscarizada Gladiator (Ridley Scott, 2000) necesitaba una continuación, pues su final era menos aprovechable que el de Titanic (James Cameron, 1997) para una continuación. Aún así, la complacencia de Scott con los estudios de Hollywood le convenció para retomar su aventura romana. Eso sí: si alguien tenía que hacerlo, iba a ser él. Acercarse peligrosamente a los 90 años de edad no era excusa para entregar una de sus obras más apreciadas a cualquier cineastucho lameculos. Se iba a hacer a su manera. Al final, la manera a la que se hizo es la misma que hubiéramos visto si la hubiese dirigido cualquier artesano del blockbuster que se pasea por Marvel Studios esperando que le dejen dirigir Capitana Marvel 2 o una capítulo de la serie del perro de Tony Stark. Nuestro apreciado redactor Serban Capraru tiene mucho que decir respecto a esta forma de afrontar el cine comercial en la editorial iracunda que sigue.

Queridos lectores, vayamos al grano: Gladiator II (Ridley Scott, 2024) es una puta mierda. Lo mires por donde lo mires es una película difícil de defender. Podría empezar poniéndoos en contexto o hablando de sus aspectos positivos, pero – perdonadme – he querido dejar las cosas claras. A pesar de que Ridley Scott sea un director más que competente y de que, en estas dos horas y media de metraje, hayan varias secuencias que entretienen satisfactoriamente a mi cerebro reptiliano sediento de violencia; al fin y al cabo esta es una película sin pies ni cabeza… Con perdón para Denzel Washington, que hace un trabajo remarcable con el único personaje medianamente interesante que se han dignado a escribir.
Desde los créditos iniciales hasta el forzadísimo último plano – sí, el de la mano acariciando el trigo, otra vez – Gladiator II es un refrito sin alma ni propósito. Como secuela, no se puede decir que le aporte absolutamente nada de valor a la película original. Como obra autocontenida, es, en su mayor medida, insípida, absurda y altamente derivativa. Un culebrón sin salsa que elige una ruta poco ambiciosa hacia un destino confuso. Pero claro, quizá la culpa sea mía por esperar algo más.
Pero basta. Estoy cansado de ver intento tras intento de revivir glorias pasadas con resultados artísticamente nulos. Quiero ser bien tajante porque estoy harto y sospecho que no soy el único. Unos 350 millones de dólares se han invertido en total para producir y promocionar esta mediocridad innecesaria y estoy absolutamente seguro de que tanto el tiempo y el dinero de los que la crearon como el de los que la han ido a ver estaría mucho mejor invertido en otra cosa.

Toda esta agresividad no sale de la nada. Nunca me he considerado un hater, aprecio las películas imperfectas y los experimentos fallidos. Sé que hay muchísimo esfuerzo detrás de cada fotograma, incluso en los peores fracasos cinematográficos. Sin embargo, durante las últimas dos décadas de cine, las pantallas han sido invadidas por este tipo de superproducciones insultantes que apelan a la nostalgia fácil para sentar culos en sillas. Lo peor de todo es que muchas de ellas han triunfado en taquilla, lo que perpetúa este ordeñamiento nauseabundo de la misma fórmula con más y más franquicias hasta que la proverbial vaca está más seca que la mojama y el público pierde el poco interés que aún tenía.
Con todo esto, no me malinterpretéis. No todas las «legacy sequels» son intrínsecamente malas. Algunas han logrado encontrar un equilibrio entre honrar el legado del pasado y aportar algo nuevo y estimulante al público contemporáneo. Pelis como Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017) y Mad Max: Furia en la carretera (George Miller, 2015) son ejemplos de cómo revisitar una franquicia puede convertirse en un ejercicio creativo valioso. Pero por cada acierto como estos, hay siete desastres como Matrix Resurrections (Lana Wachowski, Lily Wachowski; 2021), Cazafantasmas: Más allá (Jason Reitman, 2021) , Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015), Indiana Jones y el Dial del Destino (James Mangold, 2023), Terminator: Destino Oscuro (Tim Miller, 2019), las secuelas de Star Wars o puto Jumanji (Jake Kasdan, 2017) con Dwayne “The Rock” Johnson. En estos casos, el esfuerzo por revivir algo querido acaba transformándose en un producto desangelado, confuso o excesivamente calculado, cuyo único objetivo es sola y únicamente llenar bolsillos de inversor. Quieren ganar pasta. Me parece perfecto. Pues que inviertan en papel higiénico para limpiar la cantidad elefántica de mierda que han producido. Gladiator II, lamentablemente, es síntoma de una enfermedad. Y esta crítica no va dirigida necesariamente a los artistas y los técnicos que han trabajado en ella. De hecho, como habréis podido daros cuenta, ni siquiera va dirigida estrictamente hacia la película en si, ya que, sinceramente, ahí no hay mucho de lo que hablar. Esto va dirigido a vosotros. Al público que ha tragado decepción tras decepción en la forma de blockbusters excesivamente caros, excesivamente nostálgicos, complacientes consigo mismos y vacíos de todo significado. Pero para curar esta enfermedad, queridos lectores, solo existe una solución: dejar de ir a verlos.