De pequeño, mi madre me contaba historias sobre la revolución que derribó la dictadura de Ceausescu en Rumanía. Me hablaba de la apertura al mundo exterior de un país hasta entonces cerrado, casi incomunicado con el resto de la sociedad occidental. Tras la caída del comunismo, masas de personas se alineaban en colas interminables para adquirir por primera vez productos tan banales como chocolate, naranjas o Coca Cola. Estas anécdotas ilustran, a su manera, el ansia viva de un pueblo que hierve por conseguir su libertad, después de décadas en las cuales ni los propios pensamientos parecían ya secretos. Entre Revoluciones (2023), película de Vlad Petri que tuve el placer de ver en L’Alternativa de Barcelona, cuenta una historia que aborda de manera directa ese deseo de libertad y las transformaciones de dos países en plena época de cambios a través de dos voces femeninas sin cuerpo.
Se trata de un filme compuesto exclusivamente por material de archivo, que entrelaza las historias de dos mujeres, Maria (Ilinca Harnut) y Zahra (Victoria Stoiciu), compañeras de estudios en la Facultad de Medicina de la Universidad de Bucarest en los años 70. Una es rumana y la otra, iraní. En 1979, cuando Irán está al borde de un cambio político trascendental, Zahra regresa a su país para participar en la revolución, dejando atrás a su amiga. Durante la década siguiente, su única conexión es a través de cartas. Sus relatos, enmarcados por esta revolución y la caída de Ceaucescu en 1989, ilustran la lucha de las mujeres por ser escuchadas, entendidas y aceptadas. El alma de la película reside en la inquebrantable fuerza de una amistad – o más – que las une a pesar de la distancia.
Sus palabras son, al principio, nostálgicas. Ellas anhelan volver a verse y recuerdan los momentos compartidos, mientras miran con esperanza hacia el futuro de sus naciones. Sus cartas – ficticias pero basadas en documentos verídicos – dan voz subjetiva y reflexiva a un telón de fondo histórico compuesto por imágenes reales cuidadosamente escogidas. Petri opta, entonces, por un formato atrevido que desafía los límites de la narrativa cinematográfica tradicional pero que, sin duda, consigue atrapar tanto desde un punto de vista intelectual como emocional. Podemos hablar, quizá, de un híbrido entre el documental de archivo y la ficción histórica – una obra que combina la historia y la poesía.
Uno de los aspectos que más llama la atención es que las protagonistas tienen voces propias, pero no rostros. Nunca vemos a Maria y Zahra, a pesar de ser testigos directos de los eventos sobre los cuales ellas hablan en sus cartas. Esta circunstancia crea un efecto curioso: Por un lado, su voz se convierte en una más entre las masas de la calle – La misma Zahra hace alusión a este concepto en una de sus cartas. Por otro lado, hay secuencias durante las cuales podemos concebir la cámara como los ojos de las protagonistas. Cuando las imágenes de archivo nos llevan a pie de calle y nos movemos entre la gente mientras escuchamos las cartas narradas de fondo, podemos imaginar que la película nos muestra una visión subjetiva de los acontecimientos. Estos detalles dotan al filme de una dimensión inmersiva única, que resultaría imposible de conseguir con otros formatos de documental o ficción histórica más tradicionales.
La música, por su parte, nutre a la película de sentimiento y melancolía. Son todas piezas de la época, que nos transportan, junto a las imágenes, a un espacio mental vívido y concreto. Las canciones aportan una atmósfera nostálgica que nos empuja a sumergirnos tanto en las palabras de Maria y Zahra como en el material de archivo que se nos muestra en pantalla.
Entre Revoluciones es una experiencia singular que requiere un tanto más de esfuerzo por parte del público que una película de narrativa tradicional, pero que premia, a fin de cuentas, con gran belleza y profundas reflexiones en sus momentos álgidos. El grito de libertad que define la faceta más humana de los cambios políticos y sociales se escucha aquí con fuerza y matizada intención.