El pasado 5 de marzo tuvimos la suerte de disfrutar, mi compañero Raúl Navarro y yo, de un pase en exclusiva organizado por el Festival de Sitges y Sony Pictures. El pase en cuestión era de la película Proyecto Salvación, la nueva película de la dupla Phil Lord y Chris Miller, protagonizada por Ryan Gosling. Ya sentados en la sala IMAX del Diagonal Mar, y después de un discurso del director del Festival de Sitges, Àngel Sala, nos pusieron un mensaje del actor protagonista pidiéndonos que no hiciéramos spoiler de la película. En el siguiente texto intentaré ser fiel a mi promesa.

Ryland Grace (Gosling) se despierta solo en una nave espacial, sin recordar quién es ni por qué está rodeado de los cadáveres momificados de sus compañeros, hasta que, a base de flashes, reconstruye la verdad: es el último recurso de una misión suicida enviada al sistema Tau Ceti para encontrar cómo detener a unos microorganismos interestelares que están apagando el Sol y condenando a la Tierra a la extinción. En ese viaje imposible acaba forjando una alianza tan científica como emocional con Rocky, un alienígena cuya estrella sufre la misma plaga, lo que le obligará a decidir si regresa a casa o sacrifica su vida por la de su nuevo amigo y la de dos civilizaciones enteras.

Ryan Gosling no tenía suficiente con salvar el jazz, que ha tenido que venir también a salvar la ciencia ficción. La película funciona como un tiro, simple y llanamente. La filmografía de Lord y Miller es una carrera perfecta y han conseguido definir durante los años un estilo muy particular y definido, sea cual sea el género cinematográfico de la película, y aquí vuelven a demostrar que su juguete favorito es el tono: se mueven con una facilidad insultante entre el chiste tonto, el comentario meta y el drama existencial de un tipo que, básicamente, está solo en una habitación demasiado cara como para ser un Airbnb.

 

La gran pregunta, supongo, es si Proyecto Salvación consigue trasladar a la pantalla lo que hacía tan especial la novela de Andy Weir, y la respuesta corta sería que sí, pero no de la manera que uno esperaría si se leyó el libro en modo ingeniero de la NASA frustrado. El guion respeta la estructura de puzzle de memoria fragmentada, va dosificando bien la información y, lo más importante, entiende que el corazón del asunto no está en las ecuaciones ni en las soluciones creativas a problemas imposibles, sino en la relación que se establece entre Grace y Rocky: un bromance interestelar que, si te despistas, te emociona más que muchos romances hetero-terrestres de los últimos años. Lord y Miller saben que ahí es donde está la película y construyen alrededor de ese eje toda la puesta en escena, el ritmo y hasta el humor, que nunca ridiculiza a los personajes, sino que les permite sobrevivir.

A nivel de tono, el film juega en la misma liga que Marte (Ridley Scott, 2015), pero con menos cinismo, algo que le sienta especialmente bien a un Ryan Gosling al que ya habíamos visto hacer del tipo taciturno con trauma, pero que aquí abraza sin pudor el rol de profe de ciencias pringado al que la situación le queda grande. La ciencia, en Proyecto Salvación, sigue siendo el truco de magia que permite avanzar la trama, pero también el lenguaje común entre dos especies condenadas que, en teoría, no tendrían que entenderse.

 

Visualmente, la propuesta no busca reinventar la rueda de la ciencia ficción dura, pero sí que hay un cuidado especial en cómo se filma la soledad del espacio y la extrañeza de Rocky. El diseño de producción evita el minimalismo aséptico de la sci-fi de catálogo y apuesta por una nave sucia, funcional, llena de detallitos que te cuentan quién era Ryland antes de olvidarse de sí mismo. Rocky, por su parte, es uno de esos personajes que podrían haber quedado horribles en manos menos finas: aquí, en cambio, se nota que detrás hay una obsesión enfermiza por hacer coherente cada decisión física y sonora del bicho.

El film no se pone especialmente catastrofista con el capitalismo ni con la geopolítica más allá de algunas pinceladas sobre cooperación internacional bajo presión, pero sí deja caer, con bastante mala leche, que solo reaccionamos cuando literalmente se nos apaga la luz. Quizás por eso emociona tanto que el gesto más radical de la película no tenga que ver con un gran plan colectivo, sino con la decisión íntima de un individuo que, después de haberse pasado media vida huyendo de sus responsabilidades, se ve obligado a elegir a quién le debe lealtad: a la comodidad de volver a casa o a la ética de quedarse donde hace falta. Y ahí, en esa disyuntiva moral disfrazada de aventura espacial con chistes, es donde Proyecto Salvación se gana el título que se ha puesto.

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